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Saludos fans de la Ciencia Ficción!!!Me llamo Iván Avila y os doy la bienvenida a mi blog. En él encontraréis un espacio en el que compartir nuestras inquietudes, visiones y gustos sobre la Ciencia Ficción y la literatura Fantástica en general. Cada semana iré introduciendo un relato de cosecha propia, junto con comentarios sobre mis lecturas, recomendaciones, clásicos, novedades y demás historias.Espero que lo visitéis a menudo y paséis un buen rato leyendo y compartiendo conmigo nuestra pasión común por la Ciencia Ficción.

martes, 15 de octubre de 2013

BOLSILIBRO Nº2

Aquí está el segundo bolsilibro del mes. La verdad es que la ficción histórica es un género muy cómodo para escribir este tipo de novelitas ya que sólo tienes que inventar unos personajes y hacerles actuar en un marco espacio-temporal más o menos preestablecido. Pero no se trata sólo de conseguir el reto que me he propuesto, así que para la próxima prometo explorar otros géneros aunque tarde un poco más en elaborar la novela.


BAJO EL YUGO DE LA LOBA.

“El torques es un símbolo de poder y legitimidad, y sobre todo es un símbolo de la libertad de su portador: un guerrero celta, un hombre libre. Ser despojado del torques es el fin de un guerrero y sólo sucede cuando pierde su libertad tras ser vencido, pues un esclavo no tiene honor”.


Amanece cuando Blecaeno se despide de su mujer y su hijo en el umbral de una humilde cabaña vaccea. Ella llora por él las lágrimas de los perdedores, de los derrotados por el vasto contingente romano, más tarde dominador del mundo conocido. Él, que ha luchado con todas sus fuerzas por defender su hogar y sus tierras, no puede, ahora, derramar una sola lágrima, pues aún es mayor humillación que el llanto el lugar al que se dirige. Parte esta misma mañana desde la recién conquistada Septimanca, la más occidental de las grandes poblaciones vacceas, hacia Tarraco. Allí, debe entregarse a las Instituciones Romanas, las cuales dispondrán de su persona como crean oportuno. Sin duda acabará formando parte del Ejército Romano, como auxiliar del mismo, dadas sus cualidades de excelente cazador y no peor guerrero. Sí, ciertamente es poco probable que termine en la arena de algún anfiteatro, ya que por estas épocas la excentricidad de Roma no alcanza aún cotas de estupidez tales como para no darse cuenta de lo que supone desperdiciar un efectivo así para su ejército.
Blecaeno es un vacceo bastante alto comparado con otros miembros de su pueblo; delgado, pero fibroso; de anchos hombros y grandes manos; moreno de piel y cabello, largo y oscuro éste como una noche de invierno. Cubre su cuerpo con escasas vestimentas debido al calor estival de la Meseta Norte de Iberia. Apenas dos pieles de conejo recubren sus hombros y una de jabalí sus atributos viriles. Acompaña tan parca indumentaria un pequeño puñal de hierro anudado a la cintura y una lanza, con la cual puede hacer blanco a un ciervo o un oso en movimiento a cuarenta o cincuenta zancadas de distancia.
Creció en estas tierras bañadas por el río Durius, como lo denominan los romanos; y desde su más tierna infancia le inculcaron el odio hacia todos aquellos que intentasen establecerse por la fuerza en el solar de sus ancestros los vaccis, habitantes de las Islas Británicas que desembarcaron en Bélgica y recorrieron Europa hasta llegar a la Península Ibérica allá por el año 3000 a. C. Pueblos limítrofes como los arévacos ( are-vacci o vacceos del Este ) vettones, turmogos, astures, cántabros y lusitanos han sido sus enemigos naturales desde tiempo inmemorial, pero tras la incursión romana en Hispania, han sido los latinos los que se han ganado las iras más entusiastas de estos pueblos celtas asentados en la Península, que incluso han llegado, en algunos casos, a olvidar su antigua rivalidad para unirse y hacer frente al invasor.
Hace algo más de un año que Claudio Marcelo, harto ya de las incursiones de estos pueblos en territorio peninsular pacificado, pactó con ellos; pero aquella misma primavera Licinio Lúculo decidió arrasar, con la ayuda de un numeroso ejército, el territorio de los vacceos, con la excusa de cortar el suministro de cereal a la ciudad de Numancia, principal bastión de la resistencia celtibera. No cabe la menor duda de que Blecaeno puso a disposición de los vacceos su puntería con la lanza, pero el arte militar romano, mucho más sofisticado y organizado, pudo con la anárquica fiereza celtibera. De tal manera que Septimanca, junto a Pallantia, Cauca e Intercatia, se convirtió, tras su rendición, ese mismo verano, en una Oppida foederata, por lo cual sus habitantes debían rendir auxilio militar a Roma, y Blecaeno se ha visto abocado a cumplir con tal obligación.
Besa la frente y las sonrosadas mejillas de su mujer. Con una de sus grandes manos, de largos dedos, acaricia el suave cabello de su único vástago, demasiado pequeño para comprender que aquello es una despedida. Se distancia unos metros; los observa detenidamente, intentando con todas sus fuerzas guardar en su mente la imagen y, dando media vuelta, encamina sus pasos hacia Tarraco...

En aquel tiempo, la gran Meseta Norte de Iberia era en su mayor parte un frondoso bosque. Multitud de robles y encinas se sucedían por toda ella, junto con algunos claros de matorral, hasta llegar a la ribera de alguno de los caudalosos ríos que surcaban el territorio celtibero, donde los altos álamos y chopos hacían su aparición, creando lugares inigualables en los que descansar bajo la sombra de sus copas y junto a una fuente de agua cristalina. Cuentan que debido a la gran vegetación de la zona, el numeroso ejército de Lúculo pudo maniobrar muchos días por los bosques sin ser descubierto. Incluso más; Lúculo se presentó en Cauca de forma sorpresiva justamente por esa razón y, por lo mismo, los vacceos fueron incapaces de utilizar ágilmente su caballería, por lo que, tras algún éxito en la defensa de Pallantia, resultaron vencidos por los romanos.

Al segundo día de su partida y cuando ya el Sol alcanza su cenit encontramos a Blecaeno a la orilla de un pequeño arroyo. Sus ojos están cerrados, su cuerpo recostado sobre la mullida hierba, pero su mano izquierda ase con fuerza la lanza. El peligro no descansa y nunca se sabe qué o quién puede estar al acecho esperando que le des la espalda.
En ese mismo instante, Blecaeno escucha a poco más de diez pasos de él un sospechoso ruido que sin duda no pertenece a la acción del viento o al movimiento de algún pequeño animal silvestre. Se incorpora de un salto, flexiona las rodillas y gira la cabeza con rapidez instintiva. Es entonces cuando puede observar a un reducido grupo de guerreros que sin embargo le tiene por completo rodeado.
- ¡ Tranquilo, hermano ! - exclama uno de ellos, en un dialecto que Blecaeno reconoce por su similitud con el vacceo.
- ¿ Sois lusitanos ?
- Así es - afirma el interlocutor del grupo, que no se molesta en preguntarle su procedencia, pues sin duda ya lo ha adivinado.
Ante un inquietante silencio, Blecaeno se apresura a hablar, posiblemente para salvar su vida, ya que con su lanza no podría hacer frente a la veintena aproximada de efectivos lusitanos.
- Mi nombre es Blecaenus, hijo de Turaio, de la tribu vaccea de los magilenses; nada tengo contra vosotros, nada tengáis contra mí. Tan sólo llevo mis ropas y mi lanza, ni un pedazo de comida. Dejadme marchar en paz.
- ¿ Hacia dónde te encaminas, vacceo ? Hemos sabido que Intercatia y Septimanca han cedido al empuje romano y puedo ver por tu cuello que no eres un hombre libre...
¿ Acaso estás huyendo ?
- No, no estoy huyendo. Los romanos se apoderaron de nuestras tierras tras dura batalla y nos hicieron pactar desfavorablemente, de lo contrario, hubiera perecido hasta el último de los míos. Ahora yo he de cumplir con el mandato de nuestra rendición y prestar mis armas al servicio de Roma en Tarraco, si no lo hago, mi mujer y mi hijo serán torturados; incluso yo mismo perderé la vida...
- ¿ De qué te sirve la vida si no has de estar con los tuyos, si no eres libre de hacer con ella lo que deseas ? - le increpa Clodio, el más  vigoroso de los guerreros lusitanos - ¡únete a nosotros y lucha por tus tierras, aún no está todo perdido. No serías un auténtico vacceo si te rindieses de esa manera. Ellos son casi indestructibles, pero nosotros preferimos morir luchando contra ellos que no en sus filas. Vente con nosotros, vacceo, y lucha por tu libertad !
El fornido guerrero, de mediana edad, tez morena y enmarañados cabellos, ha conseguido llegar con sus palabras y sus vehementes gestos hasta lo más hondo del alma de Blecaeno. Sus ojos centellean por un instante a la par que sus pulmones se llenan de aire como si de un símbolo de renovación espiritual se tratase. Echa un fugaz vistazo a cada uno de los miembros de la reducida patrulla y en sus labios se dibuja una imperceptible sonrisa. Sin duda ha tomado una decisión y siente que es la acertada. ¿ No ha de sentir mayor satisfacción luchando contra los opresores, aunque perezca en la batalla, que sirviéndoles para salvar su vida ? Sí, aquella decisión le satisface enormemente y está dispuesto a llevarla hasta sus últimas consecuencias...
- ¡ Iré con vosotros, pero aseguradme que salvaremos a mi mujer y mi hijo de las garras de esos perros latinos !
- Esta bien, hermano, no temas por ellos; si todo sale bien, pronto estarás en casa - el fortachón lusitano se dirige al resto de compañeros - ¡ Venga, sigamos caminando !

Hace ya unas horas que el Sol se ocultó tras el horizonte de Helmántica, la población vettona más numerosa. A no más de media jornada de allí, las últimas ascuas de una hoguera preparada por Blecaeno crepitan en medio del más absoluto de los silencios. La mayoría de los acompañantes del vacceo yacen despreocupados entre sus pieles y ságumes, mientras él y un joven arévaco, el único del grupo, hacen la primera guardia de la noche.
- En tu hablar he notado que no provienes de poniente, como tus compañeros.
- Así es. Mi nombre es Clutamo, hijo de Cabrumuria, de la gens Elaensis y mi poblado se asienta bajo las montañas en las que nace el río Durius, en las tierras donde habitan los grandes pájaros de cuello desnudo...
- Y ¿ Por qué estás aquí ahora ?
- Las tropas de Licinio Lúculo arrasaron todo el territorio arévaco. Tan sólo Termentia y Numancia resisten al asedio romano. Yo tuve que huir hasta estas tierras...- hace una breve pausa, yergue la cabeza y continúa - El pueblo lusitano está ahora más unido que nunca, acaudillados por un guerrero llamado Viriatus. Él se dirige a Segobriga con un grupo más numeroso, para de ahí marchar hacia el sur; así haremos que las tropas romanas se desplacen hasta allí y de ese modo nos será más fácil retomar nuestras tierras posteriormente. Nuestro cometido es caminar paralelamente al grupo de Viriatus, no a muchos días de distancia, atacar pequeñas poblaciones romanas o iberas, conseguir comida e informar de cuanto suceda... Ya llegará la batalla y el feliz momento de volver a casa...
- Y ¿ cómo es que os encontré tan al Norte ?
- La pasada noche llegamos hasta las márgenes del gran río para conocer la situación de la zona. Varios hombres de mi tribu habían luchado junto con los tuyos por defender los poblados vacceos con los que tenían firmados pactos de hospitalidad y tras la derrota, huyeron hacia tierras lusitanas informando, una vez allí, de lo sucedido. Viriatus nos envió para asegurarse de ello; es muy astuto y precavido, un excepcional estratega. Todos confían en él. Les ha infundido ánimos para luchar hasta la muerte contra el invasor, y así lo harán...
- Sin embargo, mi pueblo y el tuyo han sido derrotados... Y mi mujer y mi hijo quedaron allí...
- Y sólo hay una forma de volverlos a ver...
- Sí, ya lo sé, por eso me he unido a vosotros... Antes nunca lo tuve tan claro... De niño me inculcaron un ancestral odio hacia tu pueblo y el de los lusitanos, pero es un vano ideal en comparación con lo que siento hacia los romanos. ¿ Has tenido oportunidad de luchar contra ellos ? - el arévaco asiente mirándole fijamente a los ojos. - Entonces sabes de qué te estoy hablando...
En ese momento, uno de los guerreros lusitanos, que ha escuchado las ultimas frases de la conversación, se acerca a la pareja de vigilantes y los saluda en voz baja:
- Hermanos, ya podéis echar una cabezada, esta tarde hemos caminado lo suficiente como para que os encontréis cansados. Y estad tranquilos, este viejo norbano nació con los ojos de una lechuza...- sonríe y se detiene ante Blecaeno. Cambia radicalmente de gesto y con enorme seriedad pronuncia unas últimas palabras - Si todos los pueblos de Iberia hubiésemos estado realmente unidos jamás hubiesen pisado nuestras tierras esos perros latinos; pero es nuestra naturaleza... Tan sólo nos queda una oportunidad, vacceo, y esa oportunidad se llama Viriato... Convéncete de ello y olvida ese estúpido rencor entre nuestros pueblos... Luchemos juntos para vencer al invasor; sólo cuando llegue ese día nos podremos sentir orgullosos...
El joven arévaco, asintiendo con un movimiento de cabeza lo dicho por el guerrero lusitano, se despoja de uno de sus brazaletes de bronce y se lo ofrece a Blecaeno:
- El norbano tiene razón, vacceo, toma este brazalete como símbolo de la unión entre nuestros pueblos. Mientras permanezcamos juntos nos defenderemos el uno al otro hasta la muerte. Sólo así uno de los dos podrá al menos regresar vivo a su hogar y volver a estar entre los suyos...
Blecaeno acepta el obsequio, y al carecer él de adorno alguno, le hace entrega de una de sus armas.
- Toma tú mi puñal, quizá algún día este pequeño pedazo de metal te salve la vida...
Tras el fraternal intercambio, los dos celtiberos se disponen a dormir. No tendrán mucho tiempo para descansar, ya que junto con la primera luz, emprenderán de nuevo su marcha hacia el sur...

II


Los primeros rayos de luz asoman ya en el horizonte a la par que la última ascua de la hoguera, como si de una estrella fugaz se tratase, se despide de los guerreros con un finísimo jirón de humo. El viento comienza a soplar con un ápice de fuerza, lo que hace presumir que la sierra está ya próxima, pero por ahora, la llanura está aún dominada por la calma, y unos cuantos pinos y encinas hacen las veces de inamovibles centinelas del amanecer. Poco a poco, el grupo de lusitanos se despereza y acude a sus escasas viandas para saciar el atroz hambre matinal.
- ¡ Es imposible caminar con el estómago vacío ! - afirma entre estruendosas carcajadas Mancio, uno de los cabecillas del grupo, por edad, corpulencia y destreza en el manejo de las armas.
- ¡ Y que lo digas, amigo ! - responde el joven Caisaros llevándose un pedazo de queso a la boca.
Mientras tanto, Blecaeno, que hace ya un buen rato que despertó, ha conseguido, en una breve búsqueda, una macla de yeso, una rama de chopo y una raíz a modo de cuerda, para construir un rudimentario cuchillo. Ofreció el suyo a Clutamo y no desea comenzar la marcha sin un arma válida para el combate cuerpo a cuerpo en caso de que éste se presente o para realizar cualquier otro tipo de menesteres diarios, por supuesto, mucho más triviales o incluso para la caza. Tensa sus nervudos músculos y ata con fuerza la macla a la varilla de chopo. Una leve y fugaz sonrisa aparece en su rostro, pues parece satisfecho con el resultado.
- Eres un hombre habilidoso, Blecaenus, pero mejor sería que te proporcionases unas buenas sandalias y algo de abrigo; no pensarás atravesar las montañas prácticamente descalzo y medio  desnudo...- le comenta Ensalus, uno de los guerreros menos fornido, pero sin duda de gran inteligencia.
Blecaeno gira su cabeza en busca del propietario de aquella voz; gesticula con extrañeza, como si creyera innecesario cubrir sus pies, que siempre han vagado por la arcillosa tierra vaccea apenas protegidos. Que fuera a hacer frío en las cumbres del Macizo Central en esa época del año también es algo que le extraña. Pero lo cierto es que Blecaenus jamás ha visto las elevadas cumbres que en breve tendrá ante sus ojos, pues jamás hasta entonces había salido de los extensos valles de las ribera del Durius. Desconocía el mayor impacto del sol en las alturas y las previsiblemente bajas temperaturas que les recibirían en la cima, aun hallándose en plena estación estival.
A pesar de su incredulidad, acepta el consejo de su compañero y recibe de éste unas desgastadas sandalias y un raído ságum.
- De momento es todo lo que te podemos proporcionar, amigo, en cuanto lleguemos a algún poblado íbero, al otro lado de las montañas, podrás aprovisionarte a tu gusto.- le sugiere Ensalus.
Cuando ya el Sol se yergue por completo en el horizonte, se ponen en marcha. En un primer momento el paso es lento, relajado y cada miembro de la comitiva camina enfrascado en los deshilachados pensamientos de la mañana.
Tras vadear una loma, el camino queda expedito hacia el sur, y por fin las altas cumbres del Sistema Central se vislumbran en el horizonte. Las abruptas elevaciones de terreno, de azuladas tonalidades, se reflejan en las dilatadas pupilas de un ensimismado Blecaeno que, absorto en su contemplación, ni siquiera parpadea.
- Acostúmbrate a las montañas, vacceo, a partir de ahora serán tu hogar.- le aconseja el barbudo Cleisalo con una leve y premonitoria palmada en la espalda, apreciando el asombro del cazador vacceo.
Observa, mientras avanzan, la escarpada silueta del macizo montañoso, con tal detenimiento que parece adivinar en alguna de ellas la pétrea figura de algún antiguo gigante de hercúleas manos, o la recostada y plácida silueta de una mujer sobre un lecho de ramas y tierra virgen. Le viene a la mente la imagen de su mujer y de su único vástago. Es una visión casi constante en el devenir de los días. Teme por la seguridad de ambos y le repugna la idea de no ver crecer a su hijo o de lo que sería aún peor, que lo hiciera bajo el yugo de la gran loba. No cree que sean capaces de ejecutarlo como potencial y futuro enemigo, pues el número de esclavos que necesita el imperio para sustentarse es elevadísimo, pero de ningún modo desea que la actitud de su descendiente sea de sumisión para con el invasor romano. Tampoco quiere pensar en la posible violación de su mujer a manos de los soldados latinos. Ésta le prometió que se defendería con uñas y dientes, y que preferiría darse muerte antes de que algún sucio miliciano le pusiera una sola mano encima.
Todos estos pensamientos le enfurecen y le hacen seguir adelante aunque se halle lejos de casa y de los suyos. Sabe que el futuro es incierto y en ningún momento será un camino de rosas falto de espinas, pero es su deseo expreso y el sendero hacia la libertad...
- ¿ Qué tal nos encontramos esta mañana, hermano ? - le pregunta el joven Clutano llegando desde atrás a la altura del vacceo.
- Muy bien, gracias.- responde Blecaeno con un leve y distraído hilo de voz.
- Piensas en ellos...- continúa el arévaco de larguísimos cabellos al percatarse de que el vacceo tiene su mente muy lejos de el lugar en el que se encuentran.
- No puedo dejar de pensar en ellos.
- Lo entiendo, pero eso te dará fuerzas para luchar por ellos, por su libertad... y por la tuya.
- No estoy seguro, es todo tan distinto... Los satures y los cántabros bajaban de sus montañas para robar nuestro ganado y parte de las cosechas, pero los romanos son diferentes, quieren dominarnos, despojarnos del suelo que pisamos, donde yacen nuestros antepasados, y pretenden imponernos sus leyes y costumbres.
- Sí, son muy distintos a nosotros, son osados y su afán de conquista parece no tener límite...
- También son muy superiores en número, año tras año...                                                     
De nuevo se hace el silencio mientras el grupo de guerreros celtas sigue avanzando en dirección a las inmensas y azules montañas del Sur.
- ¡ Clodio, fíjate allí ! – exclama Mancio.
- La suerte está de nuestro lado – sonríe el hercúleo lusitano.
Tras la silueta de un arroyo, que desciende casi perpendicular a la sierra, se divisa una marea de oscura lana acoplándose lentamente al sinuoso camino de las aguas.
- No es un rebaño muy numeroso, pero seguro que unas cuantas cabezas de menos no se notarán. – comenta por su parte Cleisalus, mesándose las barbas.
Descienden hasta el arroyo donde se han detenido a beber las ovejas y saludan a los dos pastores que las guían.
- ¡ Salud tengáis ! – saluda Clodio con su imponente presencia.
- ¡ Salud ! – responden al unísono los dos pastores, apenas unos muchachos, intentando, sin éxito, disimular el miedo que les produce ver al grupo de guerreros empuñando sus armas.
- Con el uso de la fuerza o sin ella, de vosotros depende, nos llevaremos algunas cabezas de vuestro rebaño. Estamos hambrientos y necesitamos aprovisionar nuestro ejército. Somos lusitanos que luchamos contra Roma acaudillados por Viriatus. Espero que estéis de nuestro lado por el bien de vuestras vidas.
- Escucha, gran guerrero – comienza el mayor de los pastores, un joven espigado, de larga y lacia cabellera – los ejércitos de Roma anduvieron por estas tierras y arrasaron con todo; se llevaron víveres y ropas y mancillaron a nuestras mujeres y niñas, no hagáis vosotros lo mismo. Yo salvé mi rebaño ocultándolo en una cueva a media milla de mi poblado. Llevaos tan sólo lo imprescindible para vosotros, os lo suplico.
Clodio reflexiona un instante y prosigue.
- ¿ Está muy lejos de aquí tu poblado ?
- No, apenas a un día de camino hacia el Este.
- ¿ Sois vettones ?
- Así es.
Clodio echa un vistazo al resto del contingente celtibero, en el que la mayoría realiza un gesto de asentimiento.
- Está bien, dos cabezas nos servirán de cena esta noche en tu poblado. Llévanos hasta él; necesitaremos algunas provisiones más y también hombres valerosos que se unan a nuestro ejército.
- No creo que eso último sea posible – afirma el más joven de los pastores.
- ¿ Por qué lo dices, muchacho ?
- Porque tan sólo quedan en el poblado ancianos, mujeres y niños; el resto acudieron a luchar al Sur o al Este debido a los diferentes pactos de hospitalidad que teníamos con otros clanes y tribus.
- Galba o Lúculo... No creo que haya mucha diferencia...- murmura para sí Ensalus.
- Guiadnos de todas maneras hasta vuestro poblado.
- Así lo haremos.
Durante todo el día y hasta caer la tarde acompañan a los dos muchachos por los claros y pastos de la zona en una distendida marcha que aprovechan para recoger frutos. Llegada la noche, la luz que desprenden unas hogueras confirman la cercana presencia del anunciado poblado vettón.
Asentadas sobre una pequeña loma, junto a un riachuelo, se extienden no más de diez cabañas cercadas por una empalizada de la altura de un hombre. Allí es donde viven los dos jóvenes pastores y donde se dispone a pasar la noche el contingente lusitano.
Al llegar a unos cincuenta pasos del poblado, los dos pastores se adelantan e intercambian unas palabras con la pareja de centinelas apostados en la entrada del recinto. Tras unos instantes de tensa espera, se abre la puerta y un canoso anciano, valiéndose de un gran báculo, se aproxima al grupo de guerreros celtiberos.
Clodio se adelanta y saluda al anciano. Sus ojos son claros y su pelo debió ser en un tiempo amarillo como el trigo. Observa a los guerreros y comienza a hablar:
- Tendréis cobijo en nuestro poblado, pero no dentro de las cabañas; dispondréis de alimentos: nueces, bellotas, miel y las dos reses que os ofreció nuestro pastor. Estamos con vosotros en esta guerra, yo mismo luché contra Roma años atrás, pero debéis entender nuestra situación. Dadnos vuestra palabra de que sólo tomaréis lo necesario para vosotros y que al alba marcharéis; sólo en ese caso seréis bienvenidos.
- Así será, tienes mi palabra de guerrero lusitano.
Bajo un manto de luminosas estrellas vadean la puerta de entrada siguiendo al anciano. Los dos centinelas, tan jóvenes como los pastores que les llevaron hasta el poblado, los observan atónitos, como petrificados. Una sonrisa de Cleisalo destensa los músculos de uno de los muchachos, que le devuelve el gesto.
Ya en el interior, la escasa población se agolpa en silencio, con teas en la mano, a ambos lados de la que parece la vía principal que estructura el poblado, embargados a la par por la curiosidad y el miedo.
- ¡ Qué recibimiento ! – ironiza Ensalus en voz baja.
- Ni que fuésemos romanos. – continua Mancio.
- Estas gentes están ya hastiadas; han sufrido las consecuencias de la guerra como todos, aunque no hayan empuñado un arma, y desconfían de cualquiera.- justifica Blecaeno el frío recibimiento de los vettones.
Sin mayores preámbulos extienden los ságumes en círculo entre dos cabañas contiguas y un abrevadero junto a una cuadra. Si la noche resulta desapacible, aun siendo verano, por la proximidad de la sierra, el calor que desprenden las bestias será muy apreciado.
Una joven del poblado se acerca para ofrecerles unos haces de leña y unas bellotas.
- Los dioses conserven tu hermosura – agradece Mancio a la muchacha.
- Mi padre me ha pedido que os trajera la leña y las bellotas, es a él a quien debéis agradecérselo.
- Y quién es tu padre...
- Salio, el jefe del clan, el hombre que os ha acogido en nuestro poblado.
- Así lo haremos en cuanto cenemos; a veces el hambre es desagradecido y no espera.
- No será necesario – afirma el anciano abriéndose paso entre la oscuridad y sentándose con aparatosidad junto a los guerreros celtas, a la par que indica con un gesto a su hija que se retire. – Un buen anfitrión nunca descuida a sus invitados, ni dejaría que cenaran solos Además, como antiguo soldado, me interesa saber en qué situación nos encontramos en estos momentos frente a Roma. Supongo que vosotros me podréis decir algo al respecto.
- Sí, algo sí. – recela Clodio, con desconfianza, dispuesto sin duda a no desvelar más datos que los más triviales y superfluos.
- ¿ De veras fuiste soldado ? – le pregunta Clutamo al anciano Salio.
- Así es, hijo, pero eso te lo contaré cuando ya esté asado el cordero y tenga una jarra de caelia en la mano.
- ¡ Ja. ja, ja ! – una carcajada generalizada irrumpe en el apacible silencio de la noche, mientras se incorporan para preparar la hoguera y desollar al animal.
Tras la suculenta cena y una ceremonial entrega de provisiones, el anciano vettón comienza su prometido relato acerca de su vida como soldado:
- Aquí donde me veis, hace unos treinta ciclos solares, yo era un joven y aguerrido vettón, el menor de seis hermanos, hijos todos de un humilde campesino llamado Abulos. Al no tener éste suficientes tierras como para repartirlas entre todos sus vástagos y que éstos a su vez tuvieran para mantener posteriormente a sus propias familias, enseñó a los tres mayores, los que heredarían la propiedad, a realizar las labores del campo, y a los tres pequeños, entre los que me encontraba yo, nos instruyó como buenamente pudo en el manejo de las armas de combate, para poder de esa manera buscar fortuna como mercenarios o incluso como ladrones de ganado. Seis años como auxiliar serían suficientes para regresar al solar de mis ancestros y poder comprar tierras y ganado con que vivir cómodamente y en paz. Pero qué equivocado estaba. En realidad no sabía nada de Roma, ni de la guerra, ni siquiera había visto el mar, esa enorme balsa de agua que atravesé para combatir con gentes de las que nunca había oído hablar, en lugares de los que no conocía siquiera el nombre. Roma era insaciable, no le importaba el derramamiento de sangre, ya fuera propia o ajena, si eso agrandaba las lindes del Imperio. Era una vorágine de destrucción y dominación. Utilizaban armas complejas de gran tamaño para el ataque y el asedio; animales como cuatro caballos juntos, llamados elefantes, que traían de África, la tierra más al Sur conocida, al otro lado del mar. Vivían por y para la lucha, para el engrandecimiento de los que ellos llamaban la República, algo así como si todas las tribus de Iberia estuvieran unidas bajo un mismo mando elegido por el pueblo y protegidos por los mismos dioses.
- Viriato es el único hombre que puede lograr eso; unidos seríamos invencibles. – interrumpe Mancio.
- Quizá sea así – continua el anciano – pero me temo que las tribus de Iberia siempre han caminado por senderos muy distantes...
- Prosiga – le anima Clutamo, embelesado con el relato del vetusto cabecilla del poblado, intentando reparar la interrupción de Mancio.
- Mi primer año en el ejército romano lo pasé en Moesia, muchas millas al Oeste de Iberia, incluso más allá de Roma, en las costas de una tierra abrupta en la que se elevan unas grandes montañas llamadas Balcanii. Allí fue donde maté por primera vez a un hombre, un soldado moesio, no muy alto, pero sí robusto. Iba armado tan sólo con un pequeño escudo ovalado y una espada. El escuadrón de auxiliares iberos en el que yo formaba entró en combate tras una carga de caballería. Aquella vez no acudíamos en primera fila, como es habitual que haga la infantería auxiliar, tal vez por nuestra juventud e inexperiencia; el caso es que al llegar al campo de batalla, tan sólo encontramos un ejército enemigo roto y en el que cada soldado moesio intentaba huir de allí lo más intacto posible. Así fue como me puse en el camino de aquel soldado en retirada. Me miró con extrañeza, como si no comprendiese que la batalla estaba ganada y no hacía falta derramar más sangre, que habíamos vencido. Entonces me di cuenta de que el espíritu romano ya había calado hondo en mi forma de pensar y actuar. Le corté una y otra vez la retirada, le animé a luchar, pero solamente quería marcharse de aquel campo lleno de muertos y olor nauseabundo. Finalmente arremetió contra mí, dando mandobles casi a ciegas parapetado en su diminuto escudo. Si yo era inexperto en la lucha, aquel hombre parecía no haber empuñado un arma en su vida. Al abalanzarse de nuevo sobre mí y apreciar que sólo se cubría el torso, me agaché y largué un espadazo que impactó en una de sus rodillas, seccionando tendones y parte del hueso. Cayó al suelo con la rodilla destrozada. Sangraba abundantemente; aullaba de dolor. Un velite romano, que se había desembarazado de otro soldado moesio de certero tajo en el cuello, lo envistió por la espalda, despojándolo del escudo. Fue entonces cuando el romano me miró a los ojos... Su mirada decía: “¡ Mátalo !” Envuelto en una furia desconocida incluso para mí, comencé a descargar golpes con la espada contra el debilitado moesio. Uno de ellos le arrancó de cuajo la mano en la que portaba la espada. El último golpe lo di con los ojos cerrados... Debió ser certero, pues cuando los abrí ya no se movía....
El viejo soldado detiene su relato y pierde la mirada en el crepitar de las ascuas de la ya casi extinta hoguera. Apenas parpadea. Segundos después apura su jarra de caelia, una cerveza tan amarga como la historia que está contando, y hace un esfuerzo para concluir su relato.
- Los siguientes años luché en África y en la Galia Cisalpina. Todo era igual, lo único diferente eran los paisajes y el color de la piel de aquellos a los que daba muerte. Sí, eso era lo único que hacía: matar. Me alimentaban para matar, dormía para matar, me arengaban para matar, mataba para seguir matando... A veces deseé mi propia muerte, dejarme caer en el campo de batalla...
Vuelve a interrumpir su relato. Echa un vistazo a la jarra de arcilla, decorada con figuras geométricas, y al comprobar que está completamente vacía prosigue.
- Cuando regresé a Iberia, deserté al enterarme de que lucharía contra los arévacos. Alegué que mi tribu tenía pactos inquebrantables con estos pueblos de las montañas ulteriores. Mis años de servicio y la amistad de un centurión romano hicieron que no me degollasen allí mismo... Al llegar aquí – realiza un gesto extendiendo ambas manos – fui recibido casi como un héroe; en compensación a tal acogida, puse todos mis conocimientos y experiencia al servicio de mi pueblo y contra Roma. Instruí a jóvenes vetones en el arte militar hasta que mis brazos y mis piernas dijeron “basta”... Como ves, hijo, no hay nada de maravilloso en la vida de un soldado – comenta dirigiéndose a Clutamo.
El arévaco de infinita cabellera le sonríe con la incredulidad de la que es portadora la juventud.
Concluido el relato, el anciano Salio se despide de sus huéspedes y, cabizbajo, se encamina hacia su cabaña, en la parte central del poblado.
- Más te valdría no creer ni una palabra de lo que ha contado ese viejo charlatán – le aconseja Ensalus cogiendo del hombro a Clutamo. – Este venerable anciano es un espía romano, no me cabe la menor duda, muchacho, de no ser así estaría muerto...
- Pero qué estás diciendo, ese hombre es un vettón, un antiguo soldado, nada más. Un desertor para Roma es un ejemplo a seguir para los nuestros...
- Pero sabe demasiadas cosas, conoce demasiados lugares para ser un simple auxiliar romano y no creo que tenga una imaginación portentosa.
- Puede habérselo oído a otros si así fuera – increpa Clutamo.
- De todas maneras – interrumpe Clodio – habrá que vigilarlo de cerca.
- ¡ Pero si es uno de los nuestros ! – insiste el arévaco.
- Aunque así sea, no nos permitiremos el lujo de la duda...
Con estas palabras se zanja la discusión y todos excepto uno de los guerreros se enreda en su ságum para descansar plácidamente.

Una leve claridad inunda la colina donde se asienta el poblado vettón en el que han pasado la noche los guerreros celtas. Caisaros, uno a uno, va despertando a sus compañeros con premura.
- ¡ Vamos, es hora de irnos ! ¡ Clutamo, Cleisaro, Blecaeno ! ¡ Venga !
Mancio y Clodio le preguntan por Salio y el joven lusitano les comenta que no se ha movido de su habitáculo y que nadie ha salido del poblado en toda la noche.
- Puede que nos hayamos equivocado con el anciano, pero en tiempos de guerra cualquier precaución es poca.
- Puede que su amabilidad haya sido sincera, aunque el temor también sabe ser amable...
Con mecánica inercia recogen todas sus pertenencias y se encaminan hacia la puerta.
- Decidle a Salio que agradecemos su hospitalidad – se despide Clodio de los centinelas, que tan sólo afirman con la cabeza.
Antes de salir al exterior Blecaeno echa un último vistazo al poblado y observa cómo algunos campesinos salen de sus cabañas dispuestos a comenzar un nuevo día.
Caminan a paso ligero por el cada vez más ondulado terreno. Las grandes montañas azules se alzan a poco más de un día de marcha. Blecaeno se distrae siguiendo el vuelo de una pareja de madrugadoras urracas en busca de frutos, raíces e insectos con los que alimentarse. Se le hace un nudo en la garganta al pensar en su mujer y su hijo, en lo que les pueda ocurrir si descubren su deserción. Roma no tiene piedad con semejantes gestos. En la rendición de Septimanca exigieron cien hombres y mil ságumes para su campaña de asedio a Numancia prevista para la primavera siguiente. Blecaeno era uno de esos cien soldados. Tan sólo espera que su acción no suponga un perjuicio para los suyos, y de no ser así, regresar cuanto antes para hacer frente a las represalias, acompañado de un buen número de guerreros celtas.
- ¿ Cómo saber de qué lado está cada uno de los celtiberos que pueblan Iberia ? – pregunta Clutamo a Ensalus un tan disgustado por lo ocurrido la noche anterior.
- Triste es que se formule tal pregunta, pero es que a veces es complicado saberlo – le sonríe Ensalus a modo de disculpa – Hace ya muchos ciclos solares que nuestros padres lucharon en Helmántica y Arbucala contra Cartago, aunque hubo tribus ibéricas que se unieron a ellos. Al llegar los romanos, muchos creyeron que serían nuestros perfectos aliados, los que nos ayudarían a librarnos de la opresión cartaginesa; otros, lucharon igualmente contra los latinos y en ello seguimos sus descendientes. ¿ Sabes por qué ? Porque lo único importante es saber de qué lado se está, aunque estés equivocado...
- Creo que no te entiendo bien, Ensalus.
- Pues que siempre vendrán imperios para intentar arrebatarnos nuestras tierras, pero la única forma segura de conservarlas es hacerles frente a todos.
- Pero sabes que eso no es así – afirma Caisaros, que camina unos pasos más atrás. – Muchos se han aliado con el invasor o han sido ya derrotados y dudo que puedan volverse a levantar...
- Aún así, moriremos luchando por nuestra libertad... No podemos hacer otra cosa, de lo contrario sería una deshonra imposible de soportar.
- Moriremos luchando, no te quepa la menor duda...
Los tres guerreros concluyen la conversación cuando ya el Sol ha ascendido de su lecho nocturno y se impone altivo en el horizonte.
- ¡ Alto ! - grita de repente Cleisalo al divisar en la lejanía, procedente del sur, la silueta de un jinete acercándose a ellos con inusitada celeridad.
Aún está lo suficientemente lejos como para distinguir con claridad si se trata de un efectivo celtibero o por el contrario es aquel un solitario y desafortunado enemigo romano. Pronto la duda se disipa y culebreando a galope por un sinuoso y polvoriento camino llegan, caballo y montura, hasta el pelotón lusitano.
- ¡ Salud tengáis, hermanos lusitanos ! - pronuncia, a la par que se detiene, el recién llegado, un jinete vettón, de cabello castaño dividido en dos largas trenzas y espesa barba, armado con lanza en la diestra y falcata al cinto de cuero.
- ¡ Salud para ti también, hermano ! - responde sonriente Clodio - ¿ A qué se debe tu visita ? - pregunta el cabecilla del grupo intuyendo, o más bien  imaginándose alguna de las posibles respuestas.
- Sabíamos de vuestra localización aproximada al informarnos en un poblado cercano que habíais pasado allí la noche, y sencillas son las órdenes que os traigo...- resuella el jinete, que parece estar realmente exhausto, como si hubiese cabalgado durante toda la noche y el alba. - ...mas de vital relevancia.- vuelve a interrumpir su locución para inspirar hondo- Dejad que tomemos aliento mi animal y yo, y os referiré cuanto tengo encomendado.
- No tengáis prisa, hermano, y reponeos unos minutos - le tranquiliza con una leve sonrisa Ensalus, alargando su mano y ofreciéndole unas bellotas.
El soldado desciende aparatosamente del caballo, debido, según atestiguan sus gestos, a una herida en el torso, y acepta de grado los frutos dispensados por el lusitano.
- Los dioses os sean propicios, hermanos. - comienza el discurso el guerrero - Las tropas del nuevo cónsul, Quinto Cecilio Metelo, se hallan al otro lado de la sierra y es probable que en pocos días se decidan a cruzar si las avanzadillas estiman seguros los pasos de Trámara y Celiobriga. Viriato propone una emboscada en los desfiladeros. Por lo tanto, tan sólo disponemos de una jornada para estructurar y reponer el contingente en Trámara y partir de inmediato hacia los angostos senderos de la sierra, por donde sin duda han de pasar las tropas romanas. - Toma una amplia bocanada de aire. - Así pues, os conduciré hacia Trámara, donde podréis descansar a gusto esta noche, antes de partir hacia los desfiladeros en cuanto los primeros rayos de sol aparezcan en el horizonte.
Tras unos segundos, el gesto hierático de los guerreros lusitanos, que escuchaban atentamente al vettón, deja paso a una leve sonrisa a la par que sus fornidos pechos se llenan de aire. El orgullo de la batalla se cierne sobre sus cuerpos al igual que sobre sus almas.
- ¡ Partamos sin dilación ! - ordena Clodio. Y todos, con paso firme, se encaminan hacia Trámara, la última de las poblaciones vettonas antes de adentrarse en territorio ibero pacificado, al otro lado de las montañas.

- La ciudad de Trámara es una urbe bastante similar al resto de poblaciones celtíberas de la Meseta Norte. - comienza a explicarles el vettón.- Se asienta en una zona escarpada, en una altura de terreno muy próxima a la sierra, protegida por un muro bien diseñado, hecho de sillares de piedra y cercado por piedras clavadas en punta en las inmediaciones para impedir el ataque de la caballería. Sus habitantes se dedican principalmente al pastoreo, la ganadería y pequeños cultivos de cereales y forraje para el ganado. También recolectan frutos: castañas, nueces y bellotas para su alimentación, siendo el complemento ideal de la caza, tan abundante en esta zona.
Hace una pausa para llevarse a la boca el último pedazo de alimento que le ha podido proporcionar el heterogéneo grupo de guerreros celtíberos. Blecaeno, escucha con atención al joven militar que, con frecuencia, posa su mano izquierda sobre las costillas y gesticula contrariado por las molestias que le produce la herida, posiblemente adquirida en una reciente escaramuza con el enemigo.
- En un momento determinado - prosigue contando, no sin dificultad, debido al paso al que caminan - la extensión del caserío determinó el aterrazamiento de una de sus laderas, donde ubicar la industria alfarera y los cenizales. Es quizá el único punto débil.
Realiza otra breve pausa y continúa con la descripción:
- Las casas son de una sola planta, generalmente rectangular o trapezoidal. Delante de la fachada suelen tener un porche, abierto pero techado, con un banco a cada lado de la puerta, donde se desarrolla la vida familiar al aire libre y las pequeñas actividades domésticas. La primera habitación es el vestíbulo, utilizado como almacén de grano y leña, en donde a veces se teje. En algunas casas, bajo el vestíbulo, existe un pequeño sótano que también sirve como almacén o fresquera. - carraspea levemente, como si se hubiera atragantado con un trozo de comida.- Desde el vestíbulo se accede a la estancia principal, la cocina, donde se hallan el hogar central y un banco corrido adosado al muro del fondo. A los lados hay una despensa para guardar las grandes vasijas de provisiones y otra habitación secundaria que suele emplearse como almacén, área de trabajo o taller...
- ¿ Qué materiales utilizáis en su construcción ? - le pregunta Ensalus, a quien interesa más todo lo que tenga relación con la construcción, la logística y aspectos similares, que el propio arte de la guerra.
- Principalmente el barro, la piedra y la madera. Todas las viviendas poseen un zócalo de piedras cogidas con barro sobre el que se levantan paredes de tapial revestidas con un enlucido.- Los gestos que realiza con las manos el vettón resultan realmente visuales.- En ellas se intercalan pies derechos de madera, como refuerzo y para sujetar el tejado. La techumbre, a una vertiente, está formada por un entramado vegetal mezclado con barro que apoya directamente sobre un armazón de vigas de madera. Los suelos son de tierra apisonada, y los afloramientos de rocas suelen ser adaptados para formar parte de la estructura de las viviendas...
- Interesante – murmura Ensalus – En Lusitania no existen ciudades tan amplias y bien fortificadas como parece ser Trámara, pues somos un pueblo eminentemente ganadero y nos desplazamos según las exigencias de los animales. Como comprenderás no merece la pena construir una urbe tan compleja si en muchos casos nos es más práctico habitar y adaptar cuevas que encontramos por las zonas de pastoreo.
- Entiendo – afirma el vettón.
El heterogéneo grupo de guerreros continúa avanzando en dirección a la sierra entre triviales conversaciones y múltiples chanzas aclamadas por la mayoría entre grandes aspavientos y risotadas hasta que el nuevo guía se detiene un instante y sonríe.
- ¡ Mirad, allí, allí está ! – grita el vettón señalando entre dos colinas la emergente silueta de las murallas de Trámara.
El resto de la comitiva eleva al unísono la cabeza y frunciendo el ceño fuerzan la vista para apreciar la verosimilitud de todo lo descrito por el vettón, de nombre Ambonio, a lo largo del camino.
Ya en las estribaciones de la muralla, junto a la puerta norte, son saludados efusivamente por una multitud de fornidos soldados, en su mayoría lusitanos, que se encuentra en los alrededores de la urbe poniendo a punto el material de combate o simplemente estirando las piernas fuera del recinto de la ciudad. La población civil los recibe entre aplausos, vítores y ofrendas en forma de frutos, a lo que los guerreros responden con sonrisas y breves noticias de lo acontecido en su periplo. Tan sólo Blecaenus permanece impasible a tal recibimiento. Ensalus, al verlo inexpresivo y meditabundo, se acerca hasta éste y le da una palmada en la espalda.
- No estés tan serio, vacceo, esto es tierra libre.
- Lo sé - responde con una mueca forzada, similar a una sonrisa - pero ésta no es Septimanca.


III

La noche se cierne ya sobre el cielo de Trámara y la Gran Fiesta comenzará en breve. Efectivamente, la ciudad es tal y como la había descrito Ambonio. Había olvidado, eso sí, hablar de sus gentes, acogedoras como la tradición y las divinidades aconsejan. La gran mayoría de los habitantes de Trámara ofrecieron, orgullosos, lecho y viandas a los bravos guerreros llegados de occidente esa misma mañana. Éstos eran, al fin y al cabo, sus defensores: aquellos destinados a repeler los envites de la sanguinaria maquinaria bélica romana en su misión de conquistar la totalidad de Iberia e incluso cualquier confín del mundo conocido.
Viriato, el gran caudillo de los lusitanos, los había recibido horas atrás expresándoles su gratitud por el perfecto trabajo realizado de patrullaje, invitándoles a disfrutar del ritual nocturno que se iba a celebrar esa misma noche para convocar a las divinidades y solicitar su favor en el combate.
Blecaeno, Clutamo y Ambonio se encuentran cenando en una casa de la parte baja de la ciudad, pues han sido invitados por sus humildes moradores a disfrutar de una típica cena vettona. Se han sentados en unos bancos construidos alrededor de las paredes, alineados en ellos según edades y rangos, como dicta la costumbre. Hacen circular los alimentos de mano en mano mientras charlan amigablemente unos con otros. Al llegar la hora de la bebida, una mujer morena y de rotunda figura se incorpora y ase de la mano a Clutamo invitándole a danzar en corro, dando saltos y agachándose, al son de una flauta y una trompeta.
- No son muy distintas estas costumbres a las de mi pueblo.- Le indica Blecaenus a Ambonio, con una leve sonrisa, mezcla de diversión y agradecimiento, mientras se limpia con el antebrazo los restos de cerveza que discurren por su barbilla.
- ¿ De dónde eres, compañero ? - le pregunta Ambonio extrañado, pues, al verlo con las ropas prestadas por los guerreros lusitanos, no lo había considerado diferente al resto, como sí lo había hecho con Clutamo, al que delataban tanto su complexión física como su indumentaria.
- De Septimanca, una pequeña ciudad sobre una gran vega junto al Durius.- responde Blecaeno.
El vettón tarda unos segundos en continuar la conversación, como si tratara de situar mentalmente el lugar mencionado, así como lo recientemente sucedido en aquel territorio.
- Eres vacceo.
- Sí.
En ese momento, ambos interlocutores callan y dejan de mirarse. El vettón conoce los últimos acontecimientos bélicos en suelo vacceo y cree innecesario y que incluso pueda resultar molesto realizar algún tipo de pregunta más al respecto. 
- Como no salgáis inmediatamente os perderéis la fiesta.- le increpa a Ambonio una mujer joven, alta, morena, de rizados y oscuros cabellos, no mucho mayor que el vettón.
- Es mi hermana Silenia; vive aquí, con estos parientes míos, desde que murió su marido el verano pasado en una campaña en el sur...¡ Esos malditos romanos ! - se acerca hasta su hermana y le coge de la mano.- Era un buen hombre y un buen guerrero...
Tras unos segundos de tenso silencio, Silenia, para evitar que una lágrima escape de sus ojos, insiste en que deben marcharse o se perderán el ritual organizado por los druidas en honor a Lug, el dios protector y de la guerra.
- Sí, mi hermana tiene razón, vayámonos.
Blecaeno y Clutamo se despiden afectuosamente de sus anfitriones y se encaminan, junto con Ambonio, hacia un claro del bosque de encinas próximo a la puerta sur de Trámara, donde tiene lugar la celebración.

Una enorme y deslumbrante hoguera centellea en mitad del claro sagrado y celeste del bosque, también denominado Nemeton, en el que poco a poco se reúne la gran mayoría de los guerreros que se encuentran en Trámara, a excepción de los que patrullan por las cercanías y aquellos que están de guardia en las puertas y murallas de la ciudad. Incluso algunas mujeres se han acercado hasta el lugar ataviadas con floreados trajes.
Blecaeno, Clutamo y Ambonio se abren paso entre la multitud para observar lo más cerca posible el ritual, mientras algunos guerreros impregnan sus dedos en una mezcla de arcilla, agua y resina con la que embadurnan sus caras. No muy lejos de ellos se encuentra Viriato, rodeado por sus más fieles lugartenientes.
En aquel mismo instante aparece Selión, el druida de Trámara, un anciano alto, delgado, de vivos ojos y luenga barba, vestido con un sayo blanco cogido con una cinta dorada a la altura de la cadera, de la que cuelga una vaina igualmente dorada y un cuchillo en su interior. Porta un solliferreum en su mano derecha, una larga y fina jabalina hecha totalmente de hierro, rematada con la figura de un cuervo, la representación de Lug.
Con inusitada parsimonia se aproxima hasta un sencillo altar de piedra caliza, en el que se halla, inmóvil, tal vez presa del pánico, un chivo de piel grisácea. Clava en la tierra el solliferreum, ase el puñal con la diestra y agarrando por el hocico al animal lo degüella con habilidad, dejándole, de inmediato, caer sobre el altar. Finos regueros de sangre comienzan a brotar del cuello de la bestia y se bifurcan entre las irregularidades de la piedra. El druida, con los brazos y el puñal en alto, analiza con detenimiento la escena.
El silencio es sepulcral... Los tres guerreros: el vettón, el arévaco y el vacceo, apenas pestañean.
- ¡ Lug está con nosotros ! - grita de pronto Selión volviéndose hacia los soldados.
Un incontrolado estallido de júbilo, en forma de gritos y aullidos, se adueña del Nemeton.
- ¡ Lug está de nuestro lado ! - reitera el anciano solicitando calma y silencio entre los presentes.- Mañana, en la batalla, Él será quien encabece nuestro ejército contra los latinos y quien nos dé fuerzas para vencer. Esos romanos nos temen, y ¿ sabéis por qué ? Porque no le tememos a la muerte, ¡ no ! porque si caemos en la lucha, Epona estará allí para acogernos en su seno...
De nuevo, el rugido de las miles de gargantas interrumpen el discurso del druida, que ofrece a Viriato la sangre del animal, recogida en un cuenco y mezclada con hierbas y agua. El lusitano bebe un largo trago y devuelve el recipiente a Selión, que, acto seguido, le entrega el solliferreum con la insignia de Lug.
- Tú eres el elegido - le explica Selión a Viriato.- cumple con tu misión.
La algarabía es ensordecedora y cientos de guerreros comienzan a entonar cánticos a Lug y a su caudillo, a la par que danzan como poseídos por un espíritu arrebatador.

Terminada la ceremonia y más calmados los ánimos, Blecaeno se distancia unos pasos de la muchedumbre y comienza a caminar despacio por las afueras de la urbe, siguiendo el curso de un pequeño arroyo. Un vago resplandor junto a la muralla, del que proviene un repiqueteo metálico y continuo, llama la atención del vacceo. Se acerca para observar a un viejo herrero trabajando sobre el filo de una espada. Éste, al verle, cesa en su actividad y sonríe:
- Con ésta se puede cortar en dos a un miserable romano... de un solo tajo.- afirma el  barbudo herrero de poderosos brazos levantando con unas tenazas la espada.
- No lo dudo...
- Liteio, mi nombre es Liteio, hijo de Liteo, de la tribu de los tramarensis.
- Blecaeno, hijo de Turaio, de la gens magilensis.
- Trabajo por las noches, la temperatura es mucho más agradable y lo hago fuera de la ciudad para no molestar con el ruido y evitar posibles incendios.- explica el herrero, que tras unos segundos de silencio le pregunta al vacceo por su procedencia.
- Del norte, de Septimanca.- afirma Blecaeno con inesperado orgullo.
- Bueno, realmente, en estos tiempos poco importa de dónde sea uno, quizá lo único importante es de qué lado se está, si del nuestro o del de Roma. Fíjate, muchos de tus hermanos, con los que posiblemente tendrás que enfrentarte en breve, luchan desde hace años a las órdenes de Roma...
Blecaeno calla y observa las armas forjadas por el herrero Liteio.
- ¿ De dónde consigues hierro ? Estas tierras parecen arcillosas como las de Septimanca - pregunta Blecaeno cogiendo un trozo de mineral junto al yunque.
- Intercambio vasijas y cereal por pirita a los comerciantes de las montañas del norte.- interrumpe el herrero.- Luego, hago una primera forja e introduzco el metal en la tierra, junto al arroyo. Dejo que se oxide, para después rematar la pieza aprovechando sólo el núcleo, más duro que cualquier roca.
- Mi pueblo compra ya las armas manufacturadas. Es más práctico.
- También más caro... Y seguro que os las adornan con hilos de plata...
- Sí, y las rematan con surcos en la hoja para que entre el aire en la herida...
- ¡ Uff ! – exclama el herrero.
En ese momento aparece Clutamo, que recrimina al vacceo que no se haya unido a la fiesta que se ha iniciado en el interior de las murallas.
- ¿ Dónde te habías metido ? Ambonio y yo llevamos un buen rato buscándote. Hay montones de hermosas muchachas y cerveza esperándote en las calles de Trámara... Debemos disfrutar de esta noche, quien sabe si será la última...
- Necesitaba estar solo unos instantes...- responde Blecaeno.
- Vaya y diviértase - le anima el herrero con grandes gestos y una enorme sonrisa.
El vacceo se despide de Liteio y se encamina, acompañado del joven arévaco, hacia la puerta sur de la ciudad, flanqueada por una pareja de verracos a cada lado.


IV

Blecaeno abre los ojos sobresaltado por el estruendoso sonido de un cuerno de guerra. Una incipiente claridad, que no llega a ocultar las estrellas, asoma ya por el Oeste.
- ¡ Baaauuuuuu....! ¡ Baaauuuuuu !
- ¿ Qué sucede ? - pregunta a los soldados que yacen adormecidos a su alrededor, entre ellos, Ambonio y Clutamo.
- Es hora de partir hacia el desfiladero.- responde el vettón incorporándose con dificultad y doliéndose de su herida en el costado.
- No creo que estés en condiciones de luchar.- argumenta el vacceo.
- Ya lo creo que sí; lo que ocurre es que la noche resultó más agitada de lo esperado.
- Sí, esa yegua pelirroja no dejó de cabalgar sobre tu cintura hasta bien entrada la noche.- afirma Clutamo a carcajadas.
- Las hembras vettonas son insaciables - concluye Ambonio.
Todos ríen durante unos instantes.
El guerrero vettón se despoja con cuidado de su sagum e inspecciona más detenidamente la profunda herida que surca su costado, aún no del todo cicatrizada.
- ¿ Cómo te la hiciste ? - le pregunta Blecaeno.
- Hace ya casi un ciclo lunar. Patrullábamos al otro lado del desfiladero de Trámara, a un par de jornadas a caballo, en territorio carpetano, cuando nos sorprendió un grupo de velites romanos que exploraba la zona a modo de avanzadilla...- El joven vettón se detiene un instante y mesa su larga cabellera.- Se produjo una escaramuza... y ese hijo de perra me lanzó un golpe alto con el gladius que rechacé como pude con el escudo, pero acto seguido me tiró una segunda estocada sin darme tiempo siquiera a bajar la caetra. Plisario, uno de nuestros mejores guerreros, acudió en mi ayuda y dio buena cuenta de ese perro latino. Si no llega a ser por él... Le debo la vida...
Tras las palabras de Ambonio los soldados celtiberos acuden a sus armas. Las examinan con mimo, son una parte más de su anatomía, las aprecian tanto como a su propia vida.
Un soldado lusitano entra en la vivienda, habilitada para la ocasión como pequeño barracón, saluda sin ninguna efusividad y distribuye un pedazo de pan y una tajada de queso fresco por cabeza.
- Sospecho que esto es todo lo que comeremos hoy...- se queja en voz baja uno de los guerreros, al parecer, por su acento, también lusitano.  
Blecaeno echa un último vistazo a su parco arsenal: la lanza de madera con punta de metal y el rudimentario cuchillo que fabricó el día anterior con una macla de yeso y una vara de chopo.
- Necesito al menos una caetra - se lamenta el vacceo.
- Tranquilo, seguramente alguien pueda proporcionarte una.- le responde Clutamo.- De todas maneras aquí estoy yo para cubrirte las espaldas.
- Te lo agradezco, amigo, pero sin escudo dudo que yo pueda hacer lo mismo por ti.
- Toma esta honda - le ofrece Ambonio golpeándolo levemente en el codo.- Siempre es más productivo atacar que defenderse...
- Gracias a ti también, Ambonio.
El cuerno de guerra vuelve a sonar y los efectivos celtiberos salen de las viviendas para reunirse en una explanada junto a una gran hondonada, utilizada como depósito de agua para las bestias, dentro aún del recinto amurallado.
En ella, Viriato les explica la táctica a seguir:
- Un grupo de jinetes se adentrará en el desfiladero hasta toparse con el contingente romano o con su avanzadilla. No se presentará combate, tan sólo se arrojará una descarga de lanzas y proyectiles, para retirarse de inmediato. El objetivo de esta acción es que los latinos se adentren en el cañón persiguiendo a nuestra caballería. Será entonces cuando entremos en acción el resto, que esperaremos apostados en las escarpadas paredes del desfiladero. No quiero un ápice de compasión para esos mal nacidos. ¡Que Lug nos guíe! - Viriato alza el solliferreum que le entregó Selión con la efigie del cuervo.
- ¡ Que Lug nos guíe ! - gritan todos los guerreros al unísono.
Las aproximadamente dos mil unidades del ejército celtibero: trescientos jinetes, ciento cincuenta arqueros y mil quinientas unidades de infantería ligera, salen por la puerta sur hacia el desfiladero de Trámara, único paso a más de sesenta millas por el que se comunican la meseta norte de Iberia con su homónima en el sur. En primer lugar parte la caballería, expertos jinetes cuyos corceles, pequeños y ligeros, han sido tenazmente adiestrados para subir sierras y arrodillarse con facilidad; tras éstos, la infantería, provistos, la mayoría, de cantimplora, caetra, falcata, jabalina, honda y bolsa con proyectiles de arcilla y metal; cerrando el contingente un grupo de arqueros. Un tupido bosque de encinas y matorral, predecesor de las elevadas y abruptas montañas del Sistema Central, los escolta a su paso.
El aguerrido caudillo lusitano, que se presenta ataviado de forma muy similar a los jinetes que encabezan el ejército: larga espada al cinto de cuero, escudo oval sobre el brazo izquierdo y el solliferreum en la diestra, cota de mallas y un casco que semeja las ondas del cabello, se dirige de nuevo a sus tropas.
- En cuanto lleguemos al desfiladero, las posiciones más elevadas serán tomadas por los arqueros. La infantería se situará un poco más abajo, descargará una rápida batería de lanzas y proyectiles para, posteriormente, caer sobre el enemigo. La caballería intentará acceder hasta la retaguardia para aislar a la infantería romana y facilitar el trabajo al resto... ¿ Entendido ?
Los soldados, alzando sus armas, responden con una unánime y sonora afirmación.


Con el Sol a sus espaldas, pero no muy lejos de alcanzar el mediodía, llegan al estrecho paso de Trámara. El frondoso bosque deja entonces paso a un paisaje mucho más árido y escarpado, de tonalidades ocres y grises, en el que las paredes casi verticales del cañón se convierten en el hábitat ideal de los grandes y majestuosos buitres, que aprovechan los entrantes producidos por la erosión para construir allí sus nidos.
- Ahí tienes un buen augurio, vacceo... Al menos, si pereces, las aves sagradas remontarán tu alma a los dioses del cielo.- anima a Blecaeno el fornido Mancio, que camina a su espalda, perfectamente armado.
- Así es; para las gentes de mi tribu es todo un honor y signo de valentía demostrar arrojo en el combate, aunque se caiga en el mismo. - El vacceo eleva su mirada hasta el cielo, donde planean los buitres describiendo amplias circunferencias.- Por eso, los guerreros que así mueren, no deben ser incinerados, ni sus cenizas han de ser recogidas en urnas para ser enterradas junto a sus armas o su ajuar, sino que deben ser entregados a las aves sagradas para que éstas acerquen su alma a las divinidades celestes.
- Pero hoy no es ese día.- concluye tajantemente Cleisalo, unos pasos más atrás que Mancio y Blecaeno.
Rápidamente, el ejército celtibero se introduce en la profunda grieta. El grueso de la caballería, con Viriato al frente, se detiene, mientras que un reducido grupo de jinetes, comandados por Ambonio, se adentra aún más en la sima, a galope, hasta perderse de vista tras un quiebro del sinuoso camino. La mayoría de los arqueros comienza a ascender con agilidad por el barranco izquierdo, el más accesible de los dos que forman el desfiladero. El resto, se encarama como puede a la pared opuesta, sin llegar a ascender tanto como sus compañeros del flanco izquierdo. La infantería se dispersa por pequeños salientes situados a una altura aproximada de entre diez y quince hombres, desde donde hacen acopio de proyectiles.
- Tan sólo queda esperar.- susurra Clutamo asiendo con fuerza su jabalina.
El pelotón de jinetes que se había adentrado en las hoces, tras rauda galopada, alcanza la salida del desfiladero. Allí las montañas se abren y desembocan en una erosionada ladera de considerable desnivel.
- No es mala antesala para lo que se nos viene encima.- pronuncia uno de los jinetes al divisar a lo lejos, iniciando la ascensión, la legión de Quinto Cecilio Metelo.
Alrededor de cinco mil doscientos hombres, seiscientos de ellos jinetes, se dirigen, con paso firme, hacia el paso de Trámara. En primer lugar, la infantería ligera o velites, armados con jabalinas y gladius y protegidos con un escudo circular y casco adornado con una piel de lobo. Tras ellos, los hastatii, portadores de escudo, espada larga, jabalina pesada, peto y casco de bronce. Un poco más atrás los príncipes, similares a los hastatii pero protegidos por cota de malla con refuerzo en las hombreras en vez de peto de bronce. Y por último los triarii, los veteranos del ejército romano, con largas lanzas en ristre. La caballería auxiliar, en su mayoría iberos de la carpetania, cabalga flanqueando al resto de la legión.
- Esa maravillosa formación no les servirá de nada aquí dentro.- argumenta Ambonio, refiriéndose a la estrechez del paso y a la amplitud del despliegue militar romano.
- Los dioses te escuchen, hermano.- susurra el más veterano de la comitiva.
Acto seguido, algunos de los más jóvenes jinetes desmontan de sus caballos y trepan hasta una roca próxima, donde, despojándose de parte de sus ropajes, muestran a los enemigos sus enhiestos atributos viriles, entre insultos y carcajadas.
- ¡ Venid aquí afeminados guerreros que os depiláis el cuerpo y os amancebáis entre vosotros ! - grita uno de los jóvenes celtiberos entre las risotadas del resto.
- ¡ Subid, perros latinos ! - increpa otro, ciñendo su larga y oscura cabellera con una cinta roja.
Entre tanto, la legión se ha acercado lo suficiente como para que los exaltados jóvenes celtiberos monten de nuevo sobre la grupa de sus caballos y esperen, jabalina en mano, la orden de Ambonio para arrojarlas sobre las primeras filas del ejército romano, cada vez más estirado por la progresiva angostura del terreno. 
- ¡ Ahora ! - ordena Ambonio, y una lluvia de lanzas se estrella sobre los cuerpos y esféricos escudos de los velites que, rugiendo de ira, aceleran aún más el paso en su ascensión, acercándose apenas a cuarenta pies de los jinetes celtiberos.
- ¡ Retirada ! - se oye gritar a Ambonio, mientras descargan una segunda batería de proyectiles, esta vez utilizando la honda.
Tras una espectacular cabriola, los cuadrúpedos giran sobre sí mismos y se introducen con inusitada celeridad en la grieta.
La impresionante marea humana integrada por las tropas del cónsul Metelo penetra lentamente en el desfiladero, intentando, a pesar de lo estrecho del paso, no perder en la medida de lo posible la formación. No parece importarles que puedan ser víctimas de una emboscada en tan agreste paisaje. Están decididos a cruzar, a seguir su camino hacia la Meseta Norte de Hispania y nunca se detendrán. Al otro lado les esperan, ocultos, como un elemento más del paisaje, los indómitos guerreros de los pueblos del noreste de Iberia, esta vez unidos en una causa común...
Ambinio y el resto de jinetes celtiberos aminoran la marcha hasta llegar a la altura de Viriato, ya casi al otro extremo del desfiladero. Es entonces cuando se percatan del absoluto silencio que impera entre las inmensas y verticales paredes, anteriormente interrumpido por el eco del trotar de sus cabalgaduras.
- ¡ Ya están aquí ! - indica secamente Ambonio.
- Bien, todo está ya listo.- musita Viriato - que Lug nos acompañe en la batalla...
Minutos después, la cabeza de la gran serpiente de dorados y purpúreos colores asoma por un requiebro del camino, descubriéndose a la vista de los arqueros y la infantería celtibera.
Tras unos segundos de tensa espera, con los romanos vislumbrando, al fondo, la salida del desfiladero, las trompetas de guerra resuenan desde los alto del precipicio. Es entonces cuando un aluvión de flechas, jabalinas y proyectiles de piedra, arcilla y metal caen sin remisión sobre las estiradas tropas de Cecilio Metelo alcanzando, a pesar de sus escudos y protecciones, a gran número de efectivos latinos. Éstos, recomponen como pueden sus filas y adoptan formaciones claramente defensivas como la tortuga, esperando que remita la intensidad con la que arrecian los proyectiles desde las paredes del estrecho cañón.
A un nuevo tronar de trompetas, la infantería celtibera, entre atroces gritos y aullidos, desciende de los barrancos para presentar combate cuerpo a cuerpo - una vez dañada desde las alturas la legión romana - mientras el centenar y medio de arqueros dirige sus saetas hacia las últimas filas del ejército romano, para no alcanzar por error a alguno de los suyos, y la caballería carga sin contemplaciones contra todo romano que se encuentran a su paso camino de la retaguardia latina.
Blecaeno, Clutamo y media docena de guerreros lusitanos, entre ellos Ensalus y Clodio, avanzan hacia un grupúsculo de velites que ha quedado aislado tras el ataque de la caballería celtibera. El rostro de los soldados romanos parece reflejar confusión y temor a partes iguales por la complicada situación en la que se hallan, sin embargo, presentan una perfecta formación circular, codo con codo.
Blecaeno, asiendo su lanza con ambas manos por el extremo inferior, embiste y derriba a uno de los velites, impactando con su arma en el escudo ovalado del infante romano, rompiendo así la posición defensiva del escuadrón enemigo, atacado entonces por Clutamo y el resto de lusitanos.
El joven arévaco, tras arremeter con éxito contra un soldado latino, es atacado por otro que, haciéndole trastabillar y de un certero golpe con la espada, parte en dos su jabalina. El velite, sabiéndose en superioridad, sonríe y se dispone a lanzar al arévaco una estocada definitiva. Pero Clutamo desenvaina como una exhalación el magnífico puñal corto de antenas y hoja ancha que le regaló su amigo vacceo y lo lanza contra el romano, acertándole en el cuello. Segundos más tarde el soldado latino cae al suelo asfixiado y vomitando abundante sangre.
Blecaeno y Clutamo cruzan fugazmente sus miradas. Aparece en sus bocas una leve sonrisa, que se borra inmediatamente para tornar de nuevo a la lucha.
El vacceo se distancia unos metros de su compañeros para atacar a un solitario hastatus que otea el campo de batalla en busca de un escuadrón en el que formar y guarecerse. Blecaeno se interpone en su camino, señalándole con la punta de su jabalina. El romano, ansioso por desembarazarse de él antes de que acudan más celtiberos a su encuentro, comienza a lanzar recias estocadas con el gladius hábilmente esquivadas por el vacceo. En uno de los lances, el fibroso guerrero celta evita uno de los golpes del hastatus poniéndose de cuclillas, momento que aprovecha para coger un puñado de arena del terroso suelo y lanzárselo a la cara del latino, cegándole los ojos. De inmediato adelanta su arma para herir gravemente en una pierna a su cegado enemigo, que cae al suelo profiriendo terribles insultos y gritos de dolor. Tras detener con cierto éxito alguno de los golpes del vacceo con su escudo, el hastatus se desvanece...      
La superioridad en el mano a mano de los guerreros celtiberos - lejos de las extensas llanuras donde las legiones romanas hacen prevalecer su número y estrategia - es manifiesta, y poco a poco, las unidades enemigas van cayendo, impregnando de líquido carmesí el suelo de la escarpada sima.
Viriato y sus habilidosos jinetes, entre los que se encuentra Ambonio, consiguen alcanzar las filas de los triarii, que los reciben pilum en mano y rodilla en tierra, consiguiendo contrarrestar el ataque celtibero y derribar tres decenas de efectivos celtas. Pero una vez rota la formación tras el brutal impacto, Viriato y sus compañeros descargan sin compasión tajos y golpes con la espada larga y el solliferreum, ensartando y quebrando en dos a más de un atemorizado triarii
Los arqueros indígenas, una vez agotados sus dardos, utilizan las hondas para seguir descargando munición sobre los grupos cada vez más dispersos y menos numerosos de infantería romana.
Es entonces cuando la caballería auxiliar romana entra en combate abriéndose paso entre la mermada infantería consular. Los jinetes, en su mayoría carpetanos, galopan armados con jabalinas y espada larga; protegen sus cuerpos con escudos ovales o circulares con motivos geométricos de vivos colores, algunos con capillas de mallas y otros con placas sobre los hombros, al igual que los legionarios, cubriendo sus cabezas con cascos de espectacular belleza y ornamento.
Aprovechando la incursión de la caballería auxiliar, Quinto Cecilio Metelo, decide que sea ésta la que cubra con su ataque la retirada de la infantería, tanto ligera como pesada, del ejército romano, en vista de la masacre que en aquel abrupto paraje se está produciendo. Ordena a sus lugartenientes que transmitan la orden y salgan lo más ordenada y velozmente que puedan de aquella ratonera.
- ¡ Ya nos veremos en el llano ! - augura Metelo - Allí las cosas serán diferentes...
Las varias centenas de jinetes auxiliares arrojan sus lanzas sobre el grueso del ejército celtibero, caballería e infantería mezclada en anárquica formación, causando verdaderos estragos.
- ¡ Cubríos, cubríos ! - se desgañita Viriato contemplando cómo caen al suelo multitud de soldados indígenas, en medio de un lodazal de sangre y barro, atravesados por las armas enemigas.
La tropa auxiliar romana aguanta su posición, sólo inquietada por los arqueros celtiberos y sus hondas, hasta que la infantería consular abandona el campo de batalla y se reagrupa al otro lado del desfiladero. Es entonces cuando se despiden con otra andanada de lanzas para posteriormente girar 180 grados y volar hacia la salida del fatídico paso de Trámara.
Entre la confusión y el polvo algunos jinetes persiguen a la retaguardia carpetana, mientras la infantería celtibera, no muy segura de su éxito, se apesadumbra contemplando el gran número de bajas que agonizan dispersos por el escenario del combate, junto a los soldados romanos.
- ¡ Blecaeno, dónde estás, Blecaeno ! - se afana en gritar Clutamo en busca de su compañero.
El vacceo no contesta aunque yace a pocos metros de distancia del joven arévaco en un terrible escorzo y con la punta de una quebrada jabalina en su costado izquierdo.
- ¡ Blecaeno ! - se arrodilla ante éste Clutamo tras avistarle - ¡ Amigo !
- No pude esquivarla...- balbucea el vacceo sin mirar al arévaco.- He intentado sacármela... - argumenta frustrado.
- ¡ Tranquilo, hermano, vivirás para contarlo ! - le asegura Clutamo con un incipiente sollozo e intentando cuidadosamente extraer la metálica punta del rígido cuerpo del vacceo.
Pero, para entonces, Blecaeno ya no siente ningún dolor...

La luz de la tarde se atenúa mientras lo que queda del ejército celtibero retorna a Trámara. Viriato encabeza la marcha junto con Ambonio, ambos con la mirada perdida en el horizonte.
- Señor ¿ Cree que tanta sangre como la que se ha derramado hoy y tanto sufrimiento servirán de algo ? - pregunta el vettón.
Viriato lo mira un instante a los ojos y frunce el ceño:
- ¿ Acaso crees que no ha merecido la pena, muchacho ? Es nuestro deber demostrar a Metelo y su legión, o a quien venga, que no estamos dispuestos a arrodillarnos ante Roma y que lucharemos hasta la muerte contra todos aquellos que intenten quitarnos lo que tenemos: nuestras tierras, nuestra libertad...- se detiene unos segundos y vuelve a mirar hacia el horizonte - Porque no somos nada si no somos libres...
Un rezagado grupo de guerreros celtiberos asciende hasta la cima de una solitaria colina próxima al desfiladero de Trámara portando a hombros a uno de los suyos caído en combate. Son Cleisalo, Mancio, Ensalus, Clodio y Clutamo que se dirigen a entregar a su compañero Blecaeno a las aves sagradas para que éstas lo lleven hasta los dioses del cielo.
El joven arévaco no puede ocultar su tristeza y estalla en un sobrecogedor llanto.
- Le he fallado...- se lamenta.- Le he fallado.
- Tú no tuviste la culpa, no pudiste hacer nada.- le intenta animar Ensalus.
- Era su destino.- comenta Cleisalus.
- La guerra es así, desolación y muerte, pero somos guerreros, una élite – argumenta Mancio.
Ya en la cima, lo depositan con cuidado en el suelo y le dedican unas últimas palabras:
- Cuidaremos de tu mujer y tu hijo, amigo, aplastaremos a esos perros latinos y a aquellos iberos que les ayuden... Hoy los hemos detenido con tu sangre y con la de nuestros hermanos, y jamás dejaremos que el yugo de la loba aflija nuestros cuellos.- afirma Cleisalos.
- Que Epona te acoja en su seno, hermano.- ruega Clodio.
Un completo silencio inunda la cima.
Cabizbajos y con los ojos vidriosos, todos los guerreros, excepto Clutamo, comienzan a descender la ladera, camino de Trámara. El arévaco observa unos instantes más el cuerpo sin vida de su amigo.
- Lo siento, hermano, no pude ayudarte. Tú sí lo hiciste al regalarme este puñal - lo desata de su cinto y lo coloca junto al vacceo - me salvó la vida. Te prometo que daré la mía para expulsar a esos mal nacidos de nuestras tierras. Seguramente vaya a Numancia, para luchar con los míos. Les va a costar mucha sangre derrotarnos... O quizá no lo hagan, Roma no siempre vence...

     


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